LA ÚLTIMA NOCHE
Es una noche calurosa de verano en la tranquilidad de mi casa, a media luz y en la sala, me dispongo a escribir una nota para el blog de mi clase; pasan las horas y comienzo a percibir, que esta noche será muy peculiar: es como si fuera la extensión de un día sombrío y triste, donde el silencio a medida que pasan las horas, se hace más desconcertante; probablemente por el calor, ni el grillo canta, ni el viento sopla; ni perro, ni gato; ni rana, ni sapo; ni un alma, ni un ser vivo se escucha. De pronto, sin más ni más, se me eriza la piel y una sensación escalofriante comienza a aparecer, siento que a pesar de la aparente soledad, alguien hace ya pocos minutos, me está observando…
¿Cómo es posible? Solo en mi casa, puerta y balcones, cerrados.
Una baja de energía a la luz tenue hace parpadear, trato de no espantarme, observo la hora y es mejor acostarme; sin embargo, espero un momento y pienso: de las doce a las tres, cosas sobrenaturales podrían pasar. Por ahí dicen, que las almas en pena, a esa hora suelen llorar, no buscan quien se las deba, más bien, quien se las pague; no creo en fantasmas, más le temo a los vivos que a los muertos, pero esta noche… ¡es algo singular!
Recuerdo que mi abuelo decía: “El diablo, entre más hace creer que no existe, más suele manifestarse.” Luego, un gemido se deja escuchar… parece una mujer, parece que llora, parece que puja y se queja de algún dolor; luego vuelve el silencio, esta vez aterrador.
¡Ahora sí; mejor me acuesto! -Dispongo a levantarme y en la misma- un trueno... ¡Ay! que susto tengo.
Se va la energía y se apagan las luces; a medida que doy los pasos al dormitorio, los gemidos de la mujer vuelven, pausados y atormentados se combinan con el silencio; no creo en santos, tampoco en vírgenes, pero esta vez… a todos quise llamar.
Al llegar a la cama (fue el trayecto más tenebroso de mi vida) el sonido de un pájaro aparece, aurora le dicen unos, pues su canto en la penumbra de la mañana, desgracias anuncia; son las doce… y pasos a lo lejos escucho: despacio y sereno, alguien comienza en la oscuridad, por la calle a la casa acercar…
Los gemidos más cerca comienzo a escuchar. Entre pasos y quejas en mi mente comienzo a rezar -luego pienso- ¡Qué pasa! No puedo ni hablar…
Un temblor en todo el cuerpo me empieza a paralizar, va lento y muy despacio… comienza en los pies, las piernas, muslos y caderas se duermen; el temblor y la parálisis, no se detienen, sigue subiendo, comienzo a sudar; los pasos y gemidos me quieren hacer gritar: ¡el nombre de Cristo voy a pronunciar! La garganta mis gemidos hace sacar, el temblor y la parálisis, tieso me tienen ya, ni el nombre del santo, ni un grito de espanto puedo vociferar; mis ojos abiertos y como un vegetal muerto, las almas en pena se la han cobrado ya…
Lo último que vi al retornar la energía, entre la luz tenue que deje encendida, la silueta oscura de un hombre parado que observa desde la sala… y a la par de mi cama, esperando sentada… una mujer que llora lagrimas de sangre, con el pelo cubierto y un velo negro me dice: esta es la última noche…
Editado por: Saúl Eduardo Montoya Peña, MP940446

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